La sabiduría popular siempre nos da un buen puñado de consejos sobre qué hacer en la vida. Años y años de experiencia, hace que hagamos caso a nuestros mayores, pues como dice el refrán, más sabe el diablo por viejo que por diablo.

No obstante, a veces hemos de ir con cuidado. Con el paso del tiempo, muchas de esas creencias han ido pasando de padres a hijos, desvirtuándose por el camino. Quizás esos consejos que ahora nos llegan nada tienen que ver con lo que se decían en principio o vienen de épocas donde no se podía comprobar empíricamente lo que se decía, todo se basaba en prueba y error.

Así que antes de utilizar un remedio casero, es mejor informarse y comprobar que si es cierto lo que asegura o, por el contrario, es mentira. La ciencia moderna nos ayuda a desmentir esos mitos y nosotros vamos a hacer lo mismo sobre algunos mitos sobre la conservación de alimentos.

 

Mito: Los productos frescos son mejores que los congelados.

Realidad: Aunque es cierto que algunos alimentos pierden propiedades, el congelar alimentos es el mejor método más seguro para conservar alimentos. Así que, si no hemos de consumir esos alimentos en el momento, lo mejor es congelarlos.

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Mito: No pasa nada si metemos alimentos enlatados abiertos, se conservan igual.

Realidad: Totalmente falso. Una vez abierta la lata, esta se puede oxidar y contaminar el producto. Lo aconsejable es utilizar la cantidad necesaria, desechar la lata y almacenar el resto del producto en un tarro de vidrio o recipiente de plástico. Siempre consumir excedente en el en el menor tiempo posible.

 

Mito: Separar la carne en bolsas de plástico ayuda a que se conserve mejor.

Realidad: Cierto. Si compramos una bandeja de carne y no tenemos intención de consumirla toda en el mismo momento, separar los trozos y meter cada uno en una bolsa de plástico, preparada para congelador, ayuda a que podamos escoger la cantidad que deseemos sin tener que descongelar toda la bandeja. Otro buen consejo es apuntar en la bolsa fecha de caducidad.

 

Mito: Hay que lavar la lechuga y otros vegetales empaquetados para prevenir enfermedades.

Realidad: No es estrictamente necesario, cada día hay más vegetales envasados y prelavados, que se pueden poner directamente en el plato. De todas maneras, ante la duda, siempre es recomendable lavar los vegetales, para eliminar restos de tierra y pesticidas.

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Mito: No se puede volver a congelar lo descongelado.

Realidad:  Nunca hemos de volver a congelar un alimento descongelado. Al congelarlo ciertas bacterias mueren a temperaturas bajas, pero no todas: las conocidas como psicrófilas, no sólo resisten el frío, sino que de hecho pueden multiplicarse al volver a congelar. Cuando éstas están presentes en cantidades altas en el producto que consumimos, pueden generar malestar y producir intoxicaciones.

 

Mito: No hace falta lavar las frutas si las voy a pelar.

Realidad:  La fruta siempre se tiene que lavar, incluso cuando desechemos la piel. Al pelarla, las bacterias y pesticidas que hay en la piel pueden pasar a la fruta, así que lo mejor que podemos hacer es lavarla antes de pelar.

 


Mito
: Si huele bien, se puede comer.

Realidad: Aunque el aspecto de los alimentos es un buen indicativo para saber si están en mal estado o no, tampoco podemos fiarnos al cien por cien. Hay ciertas bacterias patógenas que pueden crecer en los alimentos sin producir ningún cambio apreciable en la comida. Así que, ante cualquier alimento sospechoso, por muy buena pinta que tenga, es mejor desecharlo.

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Mito: Lo mejor es lavar frutas y verduras con jabón.

Realidad:  Nunca hay que lavar frutas y verduras con jabón. Al hacerlo, estamos introduciendo más sustancias toxicas que pueden permanecer en los alimentos y poner en riesgo la salud. Agua templada o productos especializados para lavar verduras, es lo único que necesitamos.

 

Mito: El aceite conserva los alimentos y pueden dejarse a temperatura ambiente

Realidad: Aunque el aceite es un excelente conservante, no previene ante todas las bacterias. De hecho, el causante del botulismo, la Clostridium botulinum, está presente en muchos alimentos pero que sólo crece cuando no hay oxígeno en el ambiente y el aceite hace que no haya oxígeno, beneficiando a la bacteria.